Cambios bruscos, conflictos de pareja y divorcios

Las situaciones externas en la vida de un niño que suponen un cambio importante en su vida, le afecta. Normalmente esta afectación se tiende a manifestar en lo que en salud mental se define como “síntomas”, que son comportamientos, pensamientos y afectos reactivos a esta situación, que el niño manifiesta para adaptarse a su nueva vida.

Estos cambios pueden representar, según la sensibilidad del niño, un momento de incertidumbre y estrés. La propia naturaleza del evento que genera el cambio, como la capacidad de adaptación del niño y el manejo de sus afectos, determinará que esa sintomatología sea intensa, genere malestar subjetivo en el niño y en el sistema familiar, y se cronifique.

Pueden aparecer cambios anímicos, aislamiento, regresiones (reaparición de incontinencia urinaria, miedos superados, problemas en conciliar el sueño, despertares a la noche) dificultades de aprendizaje, ansiedad y somatizaciones.

Entre estos primeros cambios bruscos frecuentes en la vida de los niños serían:

  • nacimiento de un hermano
  • la pérdida de un familiar
  • cambio de casa
  • cambio de cuidadora
  • cambio de colegio
  • cambio de ciudad
  • cambio de casa

Estos cambios, por su naturaleza, no entrañan en sí mismos una situación traumática. Sin embargo, pueden generar en el pequeño una integración desadaptativa, que facilite que los síntomas persistan más allá de la normalidad, y se cronifiquen. Cuando esta integración disfuncional del recuerdo se produce, genera en el niño una percepción distorsionada de sí mismo, del otro, o del mundo, que perdura en el tiempo e intercede en sus nuevas experiencias en la vida. De este modo, en la vida adulta de ese niño, estos recuerdos del pasado disfuncionales que ya no están en un primer plano de la conciencia, pueden elicitar en el presente de ese adulto estados emocionales y reacciones desproporcionadas, ante el mundo, ante las relaciones con el otro o consigo mismo.

Sin embargo, hay otros eventos en la vida de un niño, que actualmente se consideran traumáticos. Esto implica, que independientemente de la capacidad y situación del niño en el momento que sucede, genera sintomatología y se imprimirán recuerdos disfuncionales, que en la vida adulta facilitará que el “pasado se haga presente”.

Estos eventos traumáticos en sí mismo son:

  • Pérdida temprana de sus padres o cuidadores principales, que se desarrolla en un apartado aparte dentro de la página.
  • Situación de divorcio
  • Acoso escolar, que se desarrolla en un apartado dentro de la página.

Actualmente en las revisiones recientes de los manuales de psiquiatría estos eventos son reconocidos como situaciones traumáticas, esto es, eventos que elicitan en la gran mayoría de los niños que los viven, una sintomatología ansiosa desadaptativa (TPET) con interferencia en la vida del niño significativa, y con tendencia a la cronificación si no se resuelve adecuadamente.

Una situación de divorcio, los niños son testigos en el mejor de los casos, o bien participantes activos del conflicto, donde se siente atrapado, y la concepción de sí mismo, y de la vida se modifica sustancialmente y de manera disfuncional. Esta modificación de la percepción en el niño se inicia desde la situación conflictiva de pareja previo al divorcio, más o menos encubierta, sostenida en el tiempo de forma prolongada. Es en la relación de los padres donde el niño adquiere las representaciones mentales sobre la interacción con el otro y lo que puedo esperar del mundo. Todos los incidentes que hubieron, o bien todo aquello que no hubo que sí debió estar, aporta eventos que superan normalmente la capacidad de un niño de integrarlo de forma adaptativa. Los padres están enredados en sus heridas, en situaciones personales y familiares de gran complejidad, y que sin duda en la mayoría de las ocasiones no pueden hacerlo de otro modo, donde difícilmente pueden acompañar al niño en este cambio, viendo y sintiendo las necesidades de éste. Además, se establece un desajuste de la estructura familiar, de las normas, jerarquías de autoridad, vinculaciones y alianzas. La evidencia empírica muestra como este hecho es un factor que limita la salud mental de los menores.