Problemas y trastornos de conducta infantil

Suelen ir apareciendo en el transcurso normal del desarrollo de un niño, pero en el momento en que persisten en el tiempo más allá de lo “esperable” y en un grado de intensidad “llamativo” quedará determinada la conducta como problemática, lo que genera un clima familiar complejo, y malestar importante en el entorno cercano.

Aquellos problemas relativos a la conducta del menor, que tienden a generar una alteración significativa en la relación entre padres e hijos, y el clima familiar general, requiere si esto perdura en el tiempo, de un apoyo terapéutico que reconduzca la situación, y no genere nuevos problemas añadidos.

Estos problemas cotidianos, que no se logran reconducir, puede ser:

  • la falta de hábitos
  • falta de responsabilidades
  • el desorden
  • actitudes déspotas
  • falta de colaboración en el medio familiar
  • leguaje soez
  • falta de apetito
  • selectivo en la alimentación
  • celos de un hermano
  • pataletas
  • desobediencia frecuente

Además de estos problemas que pueden presentar por su intensidad y cronicidad en el tiempo, hay un largo etcétera de comportamientos infantiles, que generan una problemática más allá, si no logran sustituirse por conductas prosociales.

Este tipo de problemas conductuales pueden generar una mayor preocupación ante la aparición de alteraciones de conducta de naturaleza más grave:

1Mentiras
El niño suele mentir como resultado de un sentimiento de frustración. Hasta los 4 años, el niño suele comportarse con el fin de complacer a los padres; de ahí, que el realizar algo que se sabe no va a gustar, se omite, no se cuenta. Es alrededor de los 6-7 años, cuando el niño ya tiene conciencia de haber mentido y se siente mal por ello, aunque no se le haya descubierto. Hay muchos motivos por los que un niño utiliza la mentira, muchas veces un problema a la base que hay que detectar y facilitar un abordaje que facilite otro tipo de respuestas de afrontamiento.
2Niño que roba
Cuando el niño se inicia en esta conducta, fácilmente la convierte en un hábito, pasando de pequeños hurtos en casa a robos cada vez mayores. Según la gravedad o la persistencia de esta conducta se hará precisa la intervención.
3Agresividad
Las primeras conductas consideradas realmente como agresivas aparecen entre el 2º y 3er año de vida cuando se siente frustrado por no ver cumplidos sus deseos; entonces, el niño araña, muerde, pega…Antes de esta edad, lo que muestra el niño es rabia, mediante pataletas y gritos. Es a partir de los 4 años, cuando esta agresividad pasa a ser expresada verbalmente. Esto ocurre en el desarrollo normal de todo niño. Lo que sucede es que algunos continúan mostrándose agresivos, y esto sí que se convierte en una conducta problemática. El grado de agresividad, la edad de aparición, así como su permanencia en el tiempo determinará la necesidad de intervención profesional que abarque el problema desde su globalidad. Encontramos en este grupo también a los niños que juegan continuamente con fuego o dañan a los animales.
4Autoagresividad
Hacerse daño a sí mismo. El suicidio es algo poco frecuente en niños menores de 10 años; lo es más en las edades cercanas a la adolescencia. Los signos que deben preocuparnos es a detección de tristeza de forma frecuente, la desesperanza, pérdida de interés, pérdida de apetito, alteraciones del sueño, y verbalizaciones negativas sobre sí mismo. Sin embargo, hay otras formas de hacerse autolesionarse, como sería morderse las uñas, quebrarse el pelo de forma reiterada, arañazos a sí mismo, cortes o heridas realizadas hacia sí mismo.

La intervención con el menor se realiza desde una intervención sistémica a nivel familiar. En ocasiones se combina con un espacio en el que las familias reflexionen acerca del funcionamiento familiar y del modo de resolver los conflictos cotidianos; analizar las diferentes etapas del ciclo vital familiar; favorecer la comunicación entre los miembros de la familia y el desarrollo de relaciones sociales; proporcionar información a los padres acerca de las necesidades de cada niño y adolescente; dotar a los padres de las habilidades y estrategias que les permitan favorecer el desarrollo biopsicosocial de sus hijos y del grupo familiar; y detectar precozmente los problemas que puedan surgir en el grupo familiar o en alguno de sus miembros. Esta intervención tiene como finalidad paliar o prevenir el desarrollo de trastornos de conducta que dificulten la buena adaptación social del menor.

Sin embargo, los síntomas de los que estamos hablando hablan únicamente de consecuencias y no de causas. Es necesario llegar a qué es lo que subyace en el mundo interno del niño, para necesitar manifestar estas conductas, que sin duda cumplen una función concreta. El EMDR es un enfoque holístico y complejo, que apoyado en las técnicas cognitivo conductuales y la intervención sistémica familiar, ha mostrado su eficacia en este tipo de trastornos.

Este tipo de alteraciones esconden emociones o carencias percibidas desde el niño, que se originaron en su historia biográfica a través de experiencias que sobrepasaron su capacidad de integración y afrontamiento. La intervención en la vinculación y relación con las figuras de apego, es crucial en este tipo de casos.

El EMDR considera el síntoma de las alteraciones de conducta como la consecuencia de eventos de la historia de ese niño que le siguen influyendo en su presente, un problema subyacente a dar con él y tratarlo directamente. Este enfoque interviene no solo en las causas y síntomas, sino también en las capacidades de afrontamiento y la autoeficacia, permitiendo vivir con más serenidad y seguridad las diferentes situaciones de su vida cotidiana.