“Mi hijo es un forofo del fútbol….. su vida entera da vueltas alrededor del balón mientras el balón gira sobre sí mismo.
Me urgía hablar con el profesor, y el tercer intento de que entregase la nota a su tutor también fracasó, no había forma…, y ahí se encendió mi “modo desesperación ON”. Podía pasar las miles de pérdidas de chaquetas, guantes, bufandas… podía pasar que se levantase trescientas veces durante la cena… que tirase la leche… que no fuese capaz de ver una película seguida… pero yo NECESITABA que le diese al profesor aquella nota. Emergió mi rabia, solo notaba esa emoción dentro de mí, y la creencia  arraigada de “este mocoso se está riendo de mi”. Me monté en el coche, me giré y le vi mirándome desconcertado, le volví a dar el papel para su profesor y muy seria le dije: “Última vez, se acabaron tus oportunidades, si no le das esta nota al profesor TE BORRO DEL FÚTBOL”, palabras que avocaron al pánico.
El resto del camino fui mirando por el espejo retrovisor, seria, molesta con la situación, le vi ahí sentado… agarrando con las dos manos el papel… sin dejar de mirarlo… los deditos blancos de apretarlo… intentando de veras que nada le distrajera.
Cuando me miraba por encima de las gafitas naranjas buscaba mi mirada a través del espejo… intentando saber si será capaz de cumplir la amenaza…
Paramos en la puerta del colegio, un par de segundos en el paso de cebra, vi su mochila a la espalda acercándose a la entrada  dando saltitos, y yo seguí conduciendo porque el trafico me apremiaba a continuar…
No había llegado a casa cuando sonó el teléfono. Era su profesor, “No sé qué le pasa… no puede parar de llorar, no logro calmarle, le entiendo algo de un papel, algo del fútbol… pero no puedo entenderle, porque no puede ni hablar…”.  Ni contesté…… miré para atrás y allí…. justo al lado del botón de soltarse el cinturón…….

Dejó un segundo el papel para quitarse el cinturón… y a pesar de que él quería…… no pudo…. no fue capaz de centrarse en su firme convicción de que la nota llegara a su destino y mantenerla hasta ver a su profesor…
Empecé a llorar y fue en ese instante… cuando fui consciente de que mi hijo tenía un problema, él quería y no podía, fue es momento de la vida que me lo mostró, quería y no podía…. No fui capaz de verlo antes… mi creencias sobre él “es un desastre… no se esfuerza lo suficiente… tiene la cabeza llena de pájaros” ponían la responsabilidad de la solución en él, y yo no era capaz de verlo, y al no ver que su responsabilidad terminaba donde empezaba su limitación, era incapaz de ayudarle.
Buscamos ayuda y la vida cambió.

Sustituimos los reproches por pequeños retos, cambiamos valorar los errores por valorar los éxitos…
Inventamos la palabra de seguridad (el mismo escogió “escarabajo” ) para que cuando YO no puedo más… cuando está agotando toda mi paciencia… pegue o no pegue digo…. ESCARABAJO…….. y si no abuso mucho el resultado es espectacular. Nos pusimos en manos de gente maravillosa que nos ayudó y nos guió.

Este es un testimonio de una madre con un hijo TDAH y podría ser la historia de muchos niños con este diagnóstico… Los niños con TDAH agotan.
Su vitalidad es absoluta, son capaces de 20 cosas a la vez para no acabar haciendo ninguna
El problema de base para esto es la incapacidad de selección. Las personas con una capacidad de atención dentro de los límites considerados “normales” somos capaces de filtrar, de establecer prioridades según los estímulos que se nos presentan inhibiendo otros, y ante una situación en la que intervienen estímulos varios somos capaces de seleccionar los que requieren prioridad en nuestra atención de una manera más o menos fácil.

Imaginemos una clase normal en un colegio normal….. Son las 10.30 de la mañana y la profesora se haya explicado las tablas en la pizarra…. la inmensa mayoría de los niños son capaces de centrar la atención en ella, pero hay una mosca volando, los rayos del sol entrando por la ventana, un niño hurgándose la nariz, otro pasando un papel a otro, el bocata que asoma tímidamente por la mochila, las tripas que se mueven reclamando el recreo…….. un niño con TDAH no será capaz si no le ayudamos de filtrar todo esto y decidir que lo que están explicando en la pizarra es lo importante, y pasará de un estímulo a otro sin centrarse en ninguno de ellos.
Si no se sabe que tiene un problema, será el eterno castigado…… y se sentirá frustrado e incapaz.
La base de todo esto como en casi todas las ocasiones es el identificar que tenemos un problema.
Una vez identificado, podremos hacer uso de todos los recursos de las que dispongamos para hacerle frente.
No todos los que impresionan son, ni todos lo que son, solicitan ayuda. La tolerancia del movimiento de los niños en los adultos recibe un cuestionamiento social que puede generar un sobrediagnóstico a este nivel. Asimismo, no escuchar otros aspectos emocionales que pueden estar generando esta falta de concentración, puede no estar actuando sobre el problema diana, como los traumas infantiles que pueden estar a la base del problema que esté sufriendo el niño. Pero el desoír que no está siendo capaz de asumir funciones de su día a día esperables para un niño de su edad, y especialmente la repercusión emocional, autoconcepto, y social, no solo académico, es lo que da una real envergadura a la problemática que presenta. Quitar los juicios de valor y plantearnos que tal vez no está pudiendo, puede ser un primer paso para que empiece a poder.
No desoigas su movimiento corporal, sus despistes, sus desconexiones con el entorno, y desoye tus opiniones cargadas de juicios de valor “tiene sordera selectiva” por su inatención; “es un desastre” por sus limitaciones en funciones ejecutivas; “es un vago” por sus limitaciones en el esfuerzo mental sostenido; “”está a todo menos a lo que tiene que estar” por su distraibilidad; “está en Marte” por sus olvidos en tareas de la vida cotidiana; “es tan molesto” por su inquietud psicomotriz; “es un maleducado” porque no puede mantenerse sentado; “es un charlatán” por su habla excesiva, y “es un impaciente” por su dificultad para esperar su turno. No es lo mismo ser todas estas cosas, y repetírselo una y otra vez para que se dé cuenta y cambie, a que seamos nosotros los que nos demos cuenta que tal vez exista un problema, y que simplemente requiere ayuda.
Asumirlo, aceptarlo, ser capaces de minimizar el duelo de que nuestro hijo tiene un problema serán las claves para poder ayudarle.
Y ante todo y sobretodo NO CONDENARLO.